LAURA CALDERÓN es Licenciada en Ciencias de la Educación y profesora de Magisterio en el Instituto Marín de San Isidro. Capacitadora y coordinadora del programa Paso a Paso desarrollado en Argentina por la Fundación Leer, en las siguientes líneas nos acerca al mundo de la formación de los futuros docentes.
Fundación Leer: ¿Qué la llevo a ser maestra?
Laura Calderón: No lo tengo muy claro. Sabía que me gustaba la docencia. En la escuela donde estudiaba cuando pedían alguien para reemplazar a una maestra que faltaba, siempre aceptaba. Me atraía la idea de entrar al aula. Primero pensé en seguir el profesorado de Historia, pero después, no sé muy bien por qué, me decidí a ser maestra. En mi familia, mis abuelos habían sido maestros, pero de todos modos, en mi casa la presencia de lo docente no era muy fuerte.
F.L.: ¿Cómo ha sido su trayectoria?
L.C.: La escuela primaria es mi fuerte. Trabajé muchos años en el aula, después fui pasando por distintas tareas: desde la coordinación y la dirección, al asesoramiento de escuela primaria. Hice una incursión en la Universidad de Flores en el equipo pedagógico. Trabajé en la Editorial Santillana como asistente del departamento de extensión pedagógica, del que estuve a cargo por un año. Después dejé ese cargo, pero sigo vinculada con la editorial porque escribo artículos para una revista educativa que publica con Consudec (Página Educativa), hace cuatro años. Además, actualmente, allí me dedico a la elaboración de materiales de apoyo para el docente.
Cuando sentí ganas de dar clases para los futuros maestros, decidí hacer el profesorado porque mi título de licenciada no me habilitaba. Hace cuatro años que estoy trabajando en el Instinto Marín, en formación docente, y lo cierto es que me encanta. Primero estaba a cargo de una cátedra de Perspectiva Pedagógica Didáctica y ahora también soy titular de la materia Práctica Docente, del segundo año de magisterio. Siento una gran responsabilidad en la formación de los docentes, ya que ellos justamente tienen una responsabilidad social y nosotros, como docentes del nivel superior, también la tenemos.
F.L.: Desde su experiencia: ¿Qué cambios nota en la educación de docentes hoy?
L.C.: Cuando empecé como alumna a hacer el Magisterio recién salía del colegio. Se me estaba abriendo un panorama, el mundo. Hay que situarnos en la época, era el año 1977, había todo un contexto que hervía. Ese primer año me fogueó bastante. Me acuerdo de mi actitud frente a la carrera, sabía que estaba ahí para ser maestra, pero en el primer año estaba pensando en terminar. Me parece que en parte, la diferencia está en que los alumnos de hoy, por lo menos los que me tocan a mí, son más reflexivos, piensan, discuten, por lo menos eso es lo que me interesa que suceda en clases. Si lo tengo que comparar conmigo, me cuesta ya que yo estaba recién salida del colegio secundario. Había cosas de las que no se hablaba. Muchos compañeros venían de las universidades, porque éstas se habían cerrado. La experiencia del Magisterio me permitió ver cosas graves que estaban sucediendo en el país, que por ir a un colegio religioso, no sabía. Ahora se habla de un montón de cosas. Uno puede estar de acuerdo o no. Antes probablemente uno no se animaba a decir yo pienso distinto, a mí me parece que , este es otro contexto. Aunque se preservaba la situación del profesor dictando la clase, mi instituto era bastante avanzado. El alumno quizás escuchaba nada más, tomaba apuntes. En ese sentido se han modificado las metodologías, la relación entre los docentes y los alumnos en el aula.
F.L.: ¿En qué se pone el foco a la hora de formar docentes?
L.C.: Nos preocupa mucho la formación. Los docentes tenemos que recuperar algunos contenidos que la escuela secundaria no les ha dado, nos encontramos con alumnos que tienen carencias a la hora de escribir, producir un texto o de expresarse oralmente. Sobre eso hay que trabajar porque el maestro tiene que contar con estas competencias. No es mi intención echarle la culpa al secundario, pero es una realidad que los alumnos no cuentan con las habilidades de escritura esperables. Otra cosa que nos importa es que los estudiantes puedan abordar textos teóricos, que no trabajen con fotocopias, que puedan leer variedad de títulos bibliográficos.
Los alumnos desde que empiezan, muchas veces plantean que quieren conocer técnicas y cosas prácticas. En el primer año hay, en cambio, una formación teórica muy fuerte. Pareciera ser que está muy escindida la relación entre teoría y práctica, los alumnos vienen ya con ese sello. Recuerdo haberles preguntado sus expectativas en el primer día de clases y se nota que quieren recetas para actuar. Pero esas recetas deben estar fundadas en una base teórica. Si bien en mi materia no se trabaja el contenido de las técnicas he tratado de incorporarlas, desde ya, basado en un marco de teoría, atendiendo a sus pedidos.
F.L.: ¿Qué lugar le asigna en sus clases a las nuevas tecnologías?
L.C.: En el lugar donde trabajo las tecnologías tienen mucho espacio, disponemos de ella y su uso está propiciado por la institución. Tengo la suerte de poder contar con materiales. Utilizamos computadoras con conexión a Internet, videos, transparencias y retroproyectores. Los incorporo al aula porque son muy importantes. Pero hay que romper con ciertas costumbres, todavía estamos usando lo tecnológico del modo que hacíamos con las viejas láminas. Debemos seguir aggiornándonos. No creo que la tecnología deba reemplazar simplemente al franelógrafo o al rotafolio, sino que tiene que ser utilizada de otra manera. Nuestra generación debe alfabetizarse, apropiarse de estos nuevos lenguajes, con los que los alumnos -en la mayoría de los casos- ya cuentan.
No es lo habitual contar con estos elementos cuando los alumnos van a hacer sus prácticas en las escuelas que ellos eligen. Cuando las hay, tratan de aprovecharlas y cuando no, buscan otros recursos.
F.L.: ¿Cómo distingue la evaluación de la calificación?
L.C.: Desde ya, evaluar y calificar son dos cosas distintas. Evaluar tiene que ver con diagnosticar, tomar decisiones en relación con el trabajo pedagógico. Se evalúa para tomar decisiones. La calificación tiene que ver con la asignación de un valor, ya sea numérico o no. Muchas veces se confunden esos términos. Lo mismo sucede cuando se confunde evaluar con tomar una prueba. La prueba es sólo un instrumento de evaluación. Uno puede evaluar sin poner una nota.
F.L.: ¿Cuál es la tendencia respecto a la prueba como método de evaluación? ¿Qué otras alternativas se tienen en cuenta?
L.C.: La prueba sigue siendo el instrumento de evaluación por antonomasia, posee mucho peso. En la formación del docente se lo trabaja distinto. Los futuros docentes están aprendiendo la metodología del portfolio, que consiste en el armado de una carpeta por parte del alumno, quien a su vez, va seleccionando los trabajos que mejor expresan sus avances. A diferencia de la prueba -que pone un punto final- el portfolio es procesual, permite ir registrando el progreso del alumno. En el caso de prueba, el alumno la hace y el maestro la corrige, en el portfolio el que participa activa y esencialmente es el alumno. Él irá seleccionando, hará una colección de sus trabajos que mejor represente sus avances. Muchos de los profesores utilizamos esos instrumentos para evaluar a nuestros alumnos en el Magisterio.
F.L.: En relación con la evaluación de la actividad docente: ¿En qué consistió la evaluación institucional que realizaron en el Instituto Marín?
L.C.: Fue una experiencia que hicimos en varias escuelas. El instituto Marín de San Isidro nos convocó a un grupo de docentes porque quería saber qué estaba pasando con el currículum institucional y la práctica, qué pasaba entre lo que se deseaban hacer y lo que realmente sucedía. Fue una tarea que nos llevó bastante tiempo. Nos juntamos un grupo de profesores y de coordinadores de cada área de la institución y tratamos de construir una herramienta de evaluación que abarcase desde la actitud del docente, la comunicación que establecía con sus alumnos hasta la pertinencia de la propuesta respecto del proyecto educativo institucional. Además de la selección de los contenidos, el enfoque metodológico disciplinario, el estilo de evaluación, la manera de organizar la clase, la disposición de mobiliario, muchas cosas.
En una primera instancia se probó el instrumento. Se realizó una observación para evaluar si estaba bien armado y se realizaron correcciones. Durante dos años seguidos la tarea consistió -con el consenso y conocimiento previo de los docentes- en observar. Anticipadamente, le entregábamos una rúbrica al maestro, para que supiera qué íbamos a mirar. Tuvimos que trabajar para sacar el miedo a ser observado. Después se hacía una devolución individual de lo que había sido la clase y posteriormente se redactaba un informe. Esa fue una mirada institucional, una mirada hacia adentro. A partir de esta evaluación la institución fue tomando decisiones, redistribuyendo contenidos, redefiniendo.
En la escuela no estamos muy acostumbrados a que venga un par y nos observe -quizás sí el director- y sin embargo es necesaria otra mirada. Todo depende de la actitud con la que se le acerque al docente. La idea no es criticar sino mirar desde afuera lo que está pasando, y si se puede dar una mano. La experiencia que llevamos a cabo no fue vivida como una cosa persecutoria, lo que no quiere decir que haya sido fácil. En lo personal, me sirvió como ejercicio auto reflexivo. Es bueno poder evaluar nuestra tarea.
F.L.: ¿Cuáles son los mayores desafíos en su trabajo?
L.C.: Formar docentes críticos es mi mayor desafío. Docentes que amen el conocimiento, que puedan leer y entender la realidad. Les suelo decir a mis alumnos que el techo del aula no es el único techo, ahí simplemente comienzan las cosas. Suelo dar un espacio importante a lo que son las expresiones culturales. Hace años que implemento distintas estrategias para que puedan abrir sus cabezas y ver las cosas desde otras perspectivas. Una estrategia que utilizo consiste en comenzar las clases ubicándonos en forma circular para hacer un intercambio. Todos los miércoles tienen el compromiso de traer algo: ya sea de teatro, lectura, música, para comentar a sus compañeros y algo especial de educación que les haya interesado. Así, los primeros veinte minutos los dedicamos a hablar sobre estos temas.
Es interesante cómo surgen y se ponen juego los prejuicios, cuestión que es importante analizar. Como muchas cosas de la educación, uno nunca sabe a donde irá a parar lo que uno da, pero estoy convencida de que dentro de la cabeza y del espíritu quedan. Uno no puede medirlo, pero me parece que a partir de participar de espacios como éstos, comienzan a surgir cosas importantes.