Docentes

Desde que nacen

¿A qué edad se puede empezar a enseñarles a leer y escribir?¿De qué manera lo puedo ayudar para que después le vaya bien en el colegio? ¿Está bien que le esté enseñando las vocales?

Muchas veces, como docentes, escuchamos preguntas como las anteriores. La mayoría de los padres se preocupa por el aprendizaje de sus hijos y busca ayudarlos de diversas maneras, aunque no siempre son las más adecuadas. Por eso, conviene tener en cuenta algunas cuestiones para transmitir a las familias, incluso a través de charlas que la escuela puede organizar para la comunidad.


Tradicionalmente se creía que los niños podían iniciar sus aprendizajes sobre lectura y escritura a la edad de 6 años, cuando ingresaban al primer grado, y que antes debían “prepararse” haciendo palotes y otras actividades conocidas como “aprestamiento”. Pero hoy se sabe, a través de diversas investigaciones, que, en realidad, los conocimientos sobre la lengua escrita empiezan a construirse en los primeros momentos de la vida, desde que los niños nacen.

En los hogares en los que hay materiales escritos -libros, diarios, folletos, guías, agendas- y en los que los adultos usan esos elementos para resolver cuestiones cotidianas, los niños tienen la oportunidad de ver cómo se toma un libro, cómo se dan vuelta las hojas, que las personas reaccionan –se alegran, se sorprenden, protestan- frente al contenido de un texto y que algunas cosas importantes se anotan.

Muchos de los niños que viven en esos hogares pueden además gozar de la lectura de cuentos. Sus padres les leen historias y después las comentan juntos. Este tipo de acciones tiene enormes beneficios para los chicos. No solo disfrutan de la calidez del momento, sino que conocen palabras que no escuchan habitualmente, empiezan a hacer deducciones para poder entender por qué los personajes se comportan de una u otra manera y comprenden cómo se estructuran las narraciones, lo que les permite a su vez organizar el pensamiento para contar sus propias experiencias.

Además, mientras los adultos leen, los chicos observan el material impreso y ven qué forma tienen las letras, cómo se ubican una detrás de la otra en la página, notan también que entre las palabras hay espacios en blanco y muchas otras cuestiones que más tarde les serán útiles en la escuela.

Está demostrado que los chicos que tienen la oportunidad de vivir estas experiencias tempranas desarrollan su capacidad de comprensión de textos, lo que los ayuda enormemente en su desempeño escolar.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los niños viven en un ambiente poco estimulante en relación con la lectura y la escritura? La respuesta es sencilla: tienen grandes probabilidades de fracasar en la escuela, pueden repetir de grado y tener dificultades para comprender textos cuando sean más grandes. Por eso, en las comunidades en que esta situación sea frecuente, el Nivel Inicial debe prestar especial atención a la lectura frecuente de cuentos y facilitar el contacto de los chicos con material impreso. Además, se pueden realizar acciones para que los padres sepan qué cosas cuentan realmente para ayudar a sus hijos y que también pueden estimularlos cantándoles canciones, contándoles historias que ellos vivieron o que leyendas que conocen, o simplemente conversando con ellos cada día. Por otra parte, aun cuando los padres no sepan leer y escribir, pueden mirar con los chicos las imágenes de los libros y revistas, o visitar juntos la biblioteca pública del lugar. Las escuelas tienen en estas situaciones un papel fundamental: no se encargarán solamente de los niños que ya concurren a los establecimientos, sino que deben ayudar a los padres a tomar conciencia de la importancia de su rol y estimularlos para poner en práctica los principios que favorecen el desarrollo de una alfabetización temprana. 

Por Lucía Natale, Profesora en letras y especialista en procesos de lectura y escritura (UBA).

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"Un ser no está completo hasta que no se educa."
- Horace Mann